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Resulta que Darwin no solo se fijaba en los picos de los pinzones o en el caparazón de las tortugas de las islas Galápagos. El tipo era un observador implacable de absolutamente todo lo que le rodeaba, y eso incluía las expresiones emocionales de los seres humanos y de los animales. Darwin estaba convencido de que si la evolución era cierta, los gestos de nuestra cara al sentir miedo, alegría, sorpresa o asco no podían ser inventos culturales, sino rasgos biológicos heredados de nuestros antepasados peludos. Para demostrarlo, se pasó años recopilando datos, observando a sus propios hijos bebés, enseñando fotos a sus amigos para ver si reconocían las emociones y escribiendo cartas a misioneros y viajeros por todo el mundo para preguntarles si la gente en otras culturas ponía la misma cara de asco al oler comida podrida.
Toda esta investigación obsesiva culminó en 1872 con la publicación de un libro revolucionario y un pelín olvidado por el gran público titulado 📙 La expresión de las emociones en el hombre y los animales. En esta obra, Darwin se convirtió en el primer científico en analizar con lupa los músculos faciales involucrados en cada sentimiento, dedicando páginas enteras a describir qué pasa en tu rostro cuando sientes repugnancia extrema: los ojos se entrecierran, las cejas bajan, la boca se abre ligeramente y el labio superior se eleva, arrugando la nariz en un intento evolutivo de cerrarle el paso al aire apestoso o de escupir algo venenoso. Darwin incluso incluyó en el libro una serie de fotografías en blanco y negro muy famosas del anatomista Guillaume Duchenne, donde se mostraba a un hombre con electrodos en la cara forzando exactamente esa mueca de absoluto desagrado.

Damos un salto temporal de casi un siglo y medio y nos plantamos en las oficinas de los gigantes tecnológicos que diseñan los emoticonos que usas a diario. Crear un emoji no es una tontería que se hace en cinco minutos; detrás hay comités de lingüistas, psicólogos y diseñadores que buscan formas universales de comunicación. Cuando Apple, Google y la corporación Unicode decidieron que necesitaban un icono para representar el asco puro y duro, la repulsión o la indignación en el lenguaje digital, se toparon con un dilema de diseño.
¿Cómo dibujas una cara que todo el planeta entienda como «¡Qué asco!» sin margen de error?
Los diseñadores encargados de dar vida al estándar de los emojis recurrieron directamente al trabajo de Paul Ekman, el psicólogo que en los años setenta revivió y validó científicamente las teorías de Darwin sobre las expresiones universales. Ekman había catalogado las micro expresiones basándose en los músculos descritos por Darwin en 1872. Así, cuando llegó el momento de programar y dibujar el catálogo de reacciones, los códigos visuales de la cara de asco oficial del consorcio Unicode se basaron milimétricamente en la descripción científica victoriana: cejas caídas, nariz arrugada y labio superior levantado.
Y aquí es donde la historia se vuelve maravillosamente caótica gracias a la cultura popular de internet. Resulta que en los primeros días de WhatsApp, los usuarios descubrieron un truco visual divertidísimo que se volvió viral.
Si te fijas bien en el emoji oficial de la cara verde de náusea o en la cara fruncida de disgusto que se diseñaron siguiendo las pautas darwinianas, comparten una geometría idéntica en los ojos y las cejas con otro personaje del teclado: la sonriente caca con ojos 💩. De hecho, en las plantillas originales de diseño de Apple, la parte superior de la caca y la forma de sus ojos eran un corta y pega literal del diseño de la cara de decepción o asco.
La ironía es absoluta.
Darwin pasó décadas estudiando la musculatura facial para explicar por qué los humanos compartimos un código genético universal para expresar el rechazo a lo podrido o a los excrementos. Siglos después, los diseñadores usaron sus conclusiones científicas para crear la interfaz visual de nuestros teléfonos.
El resultado final de esa cadena evolutiva del diseño es que el rostro del asco universal terminó fusionándose estéticamente, por pura economía de píxeles y humor tecnológico, con el desecho orgánico más famoso del mundo. Así que la próxima vez que envíes ese emoji flotante y marrón para reírte de una situación incómoda, no estás siendo simplemente vulgar; estás rindiendo un involuntario y muy científico homenaje a Charles Darwin y a su teoría de que, al final del día, todos compartimos los mismos impulsos biológicos y las mismas ganas de reírnos de nuestras propias expresiones corporales.
